Morena no es un partido 11 DE JULIO 2018
El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) no es un partido en el sentido estricto de la palabra. No tiene una ideología precisa y un programa claro y definido, no se identifica con un sector del electorado en lo particular.
Morena es un conglomerado de fuerzas políticas, grupos sociales y personas en lo individual de origen social diverso, con historias y pensamientos muy distintos. No los une un proyecto específico. Si discutieran entre ellos lo más seguro es que nunca se pondrían de acuerdo.
En Morena tienen cabida fuerzas políticas de la extrema derecha como los integrantes del partido evangélico PES, que ahora perdió el registro; de un partido como el PT que se dice de izquierda y de los propios militantes de Morena, que también se asumen de izquierda, aunque nunca insistan en eso.
También participan militantes de partidos que los dejaron semanas atrás y otros ya hace años. En Morena se han integrado militantes del PRD, de centro-izquierda; del PRI, de Centro; del PAN de centro-derecha y también del PVEM que no tiene ninguna ideología.
Se han incorporado líderes sindicales y sociales que tienen alguna base y otros que sólo cuentan con su nombre. Hay también ciudadanos a título personal y entre ellos hay empresarios, académicos y funcionarios.
Esta amalgama de ideologías y pertenencias se asemeja mucho a la que tuvo el PRI en sus mejores años. En ese partido estaban representadas todas las ideologías y todos los grupos sociales. El presidente en turno, cabeza de la Presidencia Imperial por seis años, era quien mejor podía reunir toda esa pluralidad.
La actual configuración de Morena es una organización en la que todas las ideologías tienen lugar. Conviven empresarios ricos, muy ricos, con las clases medias y los pobres. Los que se dicen de derecha, de centro y los que se asumen de izquierda.
Los muy distintos integrantes de Morena no se unen en torno a un programa o a principios sino a una persona, su líder, el ahora virtual presidente electo Andrés Manuel López Obrador. Él, en su condición de caudillo, garantiza la unidad de esa diversidad.
Así es porque los morenistas de antes es un partido muy joven, y los morenistas de la última hora aceptan el liderazgo incuestionable de su líder. Ellos, sin excepción, lo avalan como caudillo. Eso mismo sucedía cuando el presidente de la República era del PRI y eso incluso ahora que su figura está muy debilitada.
El 1 de diciembre, cuando López Obrador asuma la Presidencia, se verá si la forma de ejercer su liderazgo será semejante al de los presidentes de la República del PRI o habrá algún cambio. En sus 12 años como candidato, fundador de Morena y ahora como virtual presidente electo ha ejercido el liderazgo propio del caudillo.
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10 DE JULIO 2018
Por años Andrés Manuel López Obrador, ganador de las elecciones presidenciales, se dedicó a descalificar a las instituciones. Las mandó al diablo. Eso porque los resultados electorales no le favorecían.
El discurso agresivo en contra de las instituciones justificaba su fracaso y funcionaba como un buen argumento para sus seguidores. Con los suyos esa posición siempre le dio buen resultado.
Ahora una de esas instituciones denostada en repetidas ocasiones contó los votos, como lo han hecho desde que primero el IFE y después el INE se constituyeron como órganos autónomos, y le reconoció su triunfo.
Otra institución, la presidencia de la República, cuestionada por muchos, también funcionó como debía de ser. El presidente Enrique Peña Nieto en la misma noche de la elección, después de que el presidente del INE cantó la victoria de López Obrador, reconoció su triunfo.
Dos días después de la jornada electoral, el presidente de la República se reunió con López Obrador para felicitarlo y acordar los términos en los que se habrá de hacer la transición del gobierno.
En el presupuesto del gobierno están contemplados 150 millones de pesos, para que el presidente electo los pueda usar, si los requiere, para financiar a su equipo responsable de la transición.
Una importante organización de la sociedad civil, de la que López Obrador dijo que desconfiaba, el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) se reunió con él, para acordar formas de colaboración futura.
La tersura con la que ahora ocurre el reconocimiento del triunfo de López Obrador, el encuentro con el presidente y los empresarios tiene que ver con la solidez y buen funcionamiento de las instituciones. Eso hay que reconocerlo.
Es mucho, con todo lo que se debe de hacer, para seguir fortaleciendo la vida institucional del país. De manera particular en el ámbito de la Fiscalía General, la lucha frente a la corrupción enquistada en las estructuras del poder y también en contra de la impunidad.
Al nuevo gobierno y su titular, el que por más de 12 años denostó a las instituciones, le corresponde trabajar por fortalecer la vida institucional del país. Ahora ellos van a estar a cargo de las mismas.
09 DE JULIO 2018
En el año 2000 se dio la alternancia en la Presidencia de la República, para poner fin a 80 años consecutivos del mismo grupo en el poder. Ese cambio se da por el centro derecha cuando Vicente Fox, postulado por el PAN y el PVEM, triunfa en la elección.
Son muchos quienes están seguros de que la alternancia ocurrió en 1988 cuando gana Cuauhtémoc Cárdenas, al que se le hace fraude, para arrebatarle el triunfo. Él, sólo meses antes había abandonado el PRI, pero amplios sectores del electorado asumieron que su candidatura representaba al centro izquierda.
Que al fin la alternancia se diera por el centro derecha fue una sorpresa y una desilusión para un sector relevante de la sociedad, académicos, intelectuales, dirigentes políticos y sociales, periodistas y medios de comunicación. En los hechos no la reconocieron como tal.
La única alternancia que ellos iban a aceptar era cuando un candidato que representara la posición del centro izquierda se hiciera de la Presidencia de la República. Eso sucedió el 1 de julio con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, formado también en las filas del PRI.
Él como regente del Distrito Federal y luego como candidato a la Presidencia nunca reconoció que se hubiera dado la alternancia. Esa sólo tendría lugar cuando asumiera la Presidencia. En su visión, compartida por otros, la llegada de Fox a la Presidencia no fue alternancia sino sólo cambio del poder entre los mismos.
Como parte de esa visión construye el slogan del PRIAN que plantea la idea de que el PRI y el PAN son la misma cosa. Amplios sectores del electorado se sintieron identificados con esa formulación. Había, pues, que esperar a que ocurriera la alternancia.
Con el triunfo de López Obrador, ahora presidente electo, se cierra un círculo. Para un amplio sector del electorado la alternancia, por fin, se ha hecho una realidad. Ahora sí, con el nuevo gobierno, el que representa el centro izquierda, el país va a resolver todos sus problemas.
Ahora este grupo, el que votó por la revolución de la esperanza, ya no podrá acusar al PAN o el PRI de los problemas del país y de su incapacidad para resolverlos. Su líder, el nuevo presidente, está al mando. De él, de Morena, el PT y el PES será la responsabilidad.
El que el centro izquierda se haga del poder tiene la virtud de que ahora se podrá ver con mayor claridad que los problemas más graves del país no se resuelven sólo porque se quiera. Que su solución exige acuerdos entre los políticos y la sociedad, y también requieren de tiempo.
Con la llegada del centro izquierda a la Presidencia de la República se cierra también el ciclo del acceso al poder y el ejercicio del mismo. Ya lo ha gestionado el centro, el centro derecha y ahora el centro izquierda. El electorado, para la próxima elección, tendrá una visión de 360 grados.
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04 DE JULIO 2018
Lo que ocurrió el pasado 1 de julio no fue una elección convencional. Los criterios técnicos y políticos que se utilizan para tratar de entender un proceso electoral, llamemos común, no aplican para hacerse una idea más o menos clara de lo que realmente pasó.
El 53% de los casi 60 millones que votaron, 63% del padrón electoral que es de 89 millones, eligieron por una idea abstracta y poderosa; la esperanza de que el país pueda cambiar a fondo en todos los campos de la vida pública. Votaron por una revolución. Lo hicieron con la confianza y la ilusión de que eso es posible.
Andrés Manuel López Obrador, quien gana a la tercera vez que se presenta por la Presidencia, a lo largo de 18 años de campaña, los últimos 12 dedicados de tiempo completo a esa tarea, construyó un personaje y un mensaje, los dos son lo mismo, que es lo que los electores eligieron el domingo pasado.
Él primero construyó el personaje que representaba el bien y luchaba contra el mal. El sistema, todo, estaba en su contra. Esa construcción inicia mucho antes de la campaña por la Presidencia. Comienza cuando pierde la gubernatura de Tabasco. En reacción toma pozos petroleros y viene en marcha a la capital del país, para enseñar documentos que muestran la posibilidad del fraude.
Continúa cuando gana el gobierno de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, y como candidato a la Presidencia de la República en el 2006 y el 2012. En las dos ocasiones, acusa que le hicieron fraude. A cada fracaso el personaje sigue creciendo. Se hace más clara la idea del hombre bueno que lucha contra los malos. Su personaje se vuelve el símbolo del cambio.
Una vez que el personaje estaba construido y tenía vida propia se articuló el mensaje. El eje de la narrativa fue la esperanza de que todo podía ser mejor. Que los males se podían resolver y que todos los que lo siguieran podían estar mejor. El mensaje caló. Era lo que quería oír la mayoría de una ciudadanía harta de la corrupción y la impunidad. Harta de su situación.
El personaje y el mensaje son el mismo. Así construyó la idea de que elegirlo era optar por la esperanza. Uno era la condición del otro. En la sólida construcción del personaje-mensaje, todavía dio un paso más. Votar por él era elegir la cuarta etapa de la transformación del país, era votar por una revolución pacífica de la dimensión de la independencia, la reforma y la revolución. Éstas sí sangrientas.
El domingo pasado la mayoría de los electores votó por una revolución de la esperanza. Las expectativas son enormes. No hacen relación a lo que pueda ofrecer un gobierno sino una revolución. Los retos de López Obrador son también enormes. Él despertó esa ilusión y ahora la tiene que cumplir. Su legitimidad es muy grande y va a tener un espacio muy amplio de tiempo antes de tener que presentar resultados contundentes.
 
03 DE JULIO 2018
El sistema democrático que en 2000 reconoció el triunfo de Andrés Manuel López Obrador como jefe de la ciudad de México (2000-2006) ahora también le reconoce su victoria como presidente de la República (2018-2024).
López Obrador en la elección presidencial de 2006 perdió por menos de medio punto. En esa ocasión no reconoció su derrota y mandó al diablo a las instituciones del Estado mexicano incluyendo las electorales, porque según él le habían hecho fraude y no aceptaban su triunfo.
Lo mismo sucedió en la elección presidencial del 2012 cuando a pesar de perder por más de siete puntos volvió a cuestionar a las instituciones electorales y una vez más, ante su derrota, dijo que había fraude.
Él en cada una de esas elecciones sabía que había perdido en independencia de su incendiario discurso político y de las acciones que emprendió. Sabía también que si ganaba, como ahora ha sucedido y por una enorme ventaja, la institución electoral iba a reconocer su triunfo.
En las dos ocasiones que fue derrotado siguió en su lucha. En cada descalabro electoral aprendió y corrigió. Ante el fracaso no se dobló y siguió adelante apostando a la democracia mexicana y a la solidez de su sistema electoral.
Después de 12 años de candidato de tiempo completo se hace de la presidencia de la República. La democracia y el sistema electoral que siempre criticó y mandó al diablo son los que ahora se lo permiten de manera institucional y pacífica.
La democracia mexicana cuenta con un poderoso sistema electoral. Hay muchas cosas que mejorar, pero la disputa del poder es posible, en los distintos niveles de gobierno, a través de la vía institucional.
En el México de hoy el fraude, en el día de la elección, prácticamente se ha eliminado. Y cuando todavía se da es un hecho marginal y no influye gran cosa en el resultado final. De eso, a pesar de ciertas leyendas urbanas, hay mucha evidencia.
Los tramos a mejorar están en el proceso previo y tienen que ver, sobre todo, con los montos que se gastan en la campaña que son muy superiores a los que señala la ley. Aquí está el problema central.
Está también, son otros temas a resolver, el uso de los recursos públicos, el uso de los programas sociales, la compra de los medios de comunicación, la compra de votos y la compra de cuentas falsas en redes sociales.
02 DE JULIO 2018
Ayer en las seis boletas, tres cargos de elección federal y tres local, voté por los candidatos de la coalición Por México al Frente (PAN-PRD-MC). Lo hice por dos grandes razones: El hecho mismo de la coalición y el proyecto de cambio que presentó en la campaña.
Desde que surgió la idea de la coalición, que el gobierno intentó por todos los medios evitarla, me identifiqué con ella. Y una vez que se constituyó me acerqué de diversas maneras a ella. Así, pocos días antes de iniciar la etapa de la campaña me incorporé al equipo del candidato presidencial Ricardo Anaya.
La coalición es una alianza de fuerzas políticas, en el marco del sistema presidencial, que se reúnen para intentar constituir mayoría en el Congreso y compartir la formación del gobierno. Implica acotar el poder del presidente y que el Congreso tenga que ratificar el nombramiento de los funcionarios claves en el gobierno.
Es un sistema que fortalece la gobernanza y fomenta la convivencia democrática en países con multipartidismo. Obliga al diálogo permanente entre las fuerzas que constituyen el gobierno y a la construcción de los consensos. En el 2014, la reforma a la Constitución dio lugar a la posibilidad del gobierno de coalición, aunque todavía no existe la ley reglamentaria.
La sociedad mexicana demanda un cambio de gobierno y de proyecto. El PRI ya no es opción y en esta elección sólo había dos propuestas de transformación del país en línea de lo que demanda la sociedad. De ésas, la que propone el Frente es la que pienso ofrece las mejores posibilidades, para que el país avance. Es un proyecto que mira hacia el futuro.
Contempla cambios profundos en el sistema político —el gobierno de coalición— y la implementación de una fiscalía autónoma, en cuya designación nada tenga que ver el presidente de la República, que garantice el combate a la corrupción y la impunidad. La condición sine qua non para que se combata a fondo la corrupción en los distintos niveles del poder político pasa necesariamente por una Fiscalía autónoma e independiente del Poder Ejecutivo.
Otro elemento fundamental es garantizar el Ingreso Básico Universal (IBU) que implica reestructurar y darle un nuevo impulso a la política social. Implica compactar más de 5,000 programas sociales que resultan ineficaces. Busca que el país se inserte de manera más acelerada en la economía del conocimiento. Y dar mayor velocidad al proceso de transición al uso de las energías limpias e impulsar la innovación, la ciencia y la tecnología y una educación de calidad.
El programa del Frente entiende que el Estado moderno está constituido por tres actores: el gobierno, el mercado y la sociedad civil. Los tres, cada quien en el espacio que le corresponde, tienen una tarea central en la construcción del país. Ésa es la visión del futuro. Y los países que la asumen, las evidencias son contundentes, son los que logran el desarrollo. Por todo eso voté por los candidatos del Frente.
27 DE JUNIO 2018
Todas las encuestas son estudios probabilísticos y no predicciones de lo que va a suceder. Por eso, con mucha frecuencia, la realidad ocurre de manera distinta a lo que señalaban las probabilidades. En estos días hay casos muy sonados de ese desencuentro.
A nivel internacional, están los resultados de las elecciones en Estados Unidos y en Costa Rica, el Brexit en Gran Bretaña y el plebiscito por la paz en Colombia. En el caso de México, lo que ocurrió en las elecciones en Chihuahua, Tamaulipas, Durango y Quintana Roo.
En la conciencia del margen de error propio de las encuestas, el equipo de campaña de Por México al Frente (PAN-PRD-MC) encargó a un grupo de especialistas el estudio del resultado de las diversas encuestas registradas en el INE y también las hechas por la campaña.
Para realizar el trabajo se eligió el modelo Multilevel Regression and Post-stratification, elaborado por Gary Langer, presidente de Langer Research, mismo que utilizó en el 2016 durante la elección presidencial de Estados Unidos. En esa ocasión, con ese método, acertó con precisión al resultado en 49 estados. Sólo falló en uno.
Los especialistas, a partir del modelo de Langer, añadieron nuevos elementos y crearon, para este estudio, el modelo Mr Pepe (Multilevel Regression and Post-stratification for Pseudo Energy calculations of the Proportions of Electoral Preferences). Éste permite predecir la probabilidad de ganar la elección para cada candidato y convertir esa probabilidad en número de votos esperados.
El método implica el análisis de las encuestas ya referidas, datos específicos del Inegi y el Coneval, la identificación de los drivers de preferencia de cada candidato y la extrapolación de los resultados a nivel nacional con granulación a nivel seccional. El resultado del estudio arroja datos que resultan distintos a los proporcionados por las encuestas.
Así, la predicción electoral que ofrece la investigación es: Andrés Manuel López Obrador obtiene 31.6% de los votos; Ricardo Anaya, 27.8%; José Antonio Meade, 19.9%; Jaime Rodríguez, 7.4%, y los indecisos suman 13.3 por ciento. La diferencia entre el primer y el segundo lugar es de 3.8 puntos. Lo que arroja un empate técnico entre los dos candidatos punteros.
En el equipo de campaña de Por México al Frente (PAN-PRD-MC) estamos convencidos de la solidez del estudio. En el Cuarto de Comando lo hemos discutido ampliamente. Pensamos que el día de la elección, dentro de cuatro días, la diferencia la hará el voto de los indecisos y el voto útil que está en diversos grupos del electorado, que se van a decidir por Ricardo Anaya. El 1 de julio lo sabremos.
26 DE JUNIO 2018
De septiembre de 2017 a fines de junio de 2018 han sido asesinados 140 políticos y de ellos 47 eran candidatos a un puesto de elección popular que participaban en la actual contienda. Faltan seis días para las elecciones y el número todavía puede crecer.
La Asociación Nacional de Alcaldes (ANAC) afirma que en 13 de los 32 estados han ocurrido asesinatos de candidatos. La mayor parte se concentra en los estados de Guerrero (14), Michoacán (5) y Puebla (5).
Le siguen Oaxaca (4), Estado de México (4), Jalisco (4), Guanajuato (3), Colima (2), Chihuahua (2), Sinaloa (1), Quintana Roo (1), Coahuila (1) y San Luis Potosí (1).
De los 47 candidatos asesinados pertenecían al PRI (12), al PRD (10), al PAN (6), al MC (5), a Morena (5), independientes (3), al PES (2), al PVEM (2), al PT (1) y al PAS (1), un partido local.
De los cadidatos asesinados 28 participaban por una presidencia municipal, 9 por una diputación local, 7 por una regiduría, 2 por una diputación federal y 1 por el cargo como concejal.
La ANAC plantea que existen características comunes en los sitios donde ocurre el asesinato de los políticos. Y así, de 130 casos analizados 110 de ellos tuvieron lugar en municipios de menos de 50,000 habitantes.
Y también les es común que se trata de comunidades con escaso presupuesto. De los 130 asesinatos registrados 87 ocurrieron en municipios con menos de 200 millones de pesos de gasto anual.
Los asesinatos siempre son con arma de fuego, en solo un caso por un puñal, y lo realiza uno o varios sicarios que la más de las veces huyen del sitio.
En la mayoría de los casos se presume que los actores intelectuales y materiales son narcotraficantes. Y la mayor parte de los casos, sino es que todos, han quedado impunes.
En este horizonte 1,000 candidatos, ya nombrados, renunciaron a su nominación por el temor a ser asesinados. Y muchos han aceptado serlo con temor de lo que les pueda pasar.
Las autoridades federales, estatales y municipales han sido incapaces de poner alto a estos asesinatos y de llevar a la justicia a quienes los cometieron.
25 DE JUNIO 2018
De acuerdo con las más diversas encuestas, 80% de los mexicanos quiere un cambio en el gobierno, 80% no quiere votar por el PRI y 80% rechaza la gestión del presidente Enrique Peña Nieto. Los datos arrojan con mucha claridad que el PRI ya no es opción para la gran mayoría de la población.
Los mexicanos quieren que cambie el partido que tome la Presidencia y también exigen un nuevo rumbo en el camino que el país debe seguir. En esta contienda electoral se han propuesto dos proyectos de cambio: el de Andrés Manuel López Obrador (Morena-PT-PES) y el de Ricardo Anaya Cortés (PAN-PRD-MC).
El 1 de julio, faltan siete días, los electores van a decidir por uno de esos proyectos. No hay más. Uno de los dos va a ganar. La concepción y el tipo de cambio que propone López Obrador y Anaya Cortés son muy diferentes e incluso contradictorios. El del primero representa volver al pasado y el del segundo caminar hacia el futuro.
En el proyecto de cambio de López Obrador hay dos elementos centrales. Uno es volver al viejo presidencialismo.
A los tiempos en los que el presidente lo era todo. No sólo encabezaba el Poder Ejecutivo sino también era el titular, por la vía de los hechos, del Poder Legislativo y el Poder Judicial. En su visión, el país requiere ese tipo de presidente. Uno que no tenga contrapesos y pueda decidirlo todo por sí mismo.
El otro elemento es volver a los tiempos en los que el gobierno era el centro de la economía. A lo largo de la campaña, López Obrador ha sostenido que en el pasado la economía del país funcionaba mejor. Su modelo es el nacionalismo revolucionario que en otros tiempos planteaba el PRI. Él es hijo de esa tradición. Se sintetiza en que el Estado, para el caso: el presidente, asume la rectoría de la economía.
A su vez en el proyecto de cambio de Anaya Cortés hay dos elementos centrales. Uno es instaurar el gobierno de coalición, que implica acotar el poder presidencial. Dejar atrás y para siempre los tiempos en los que el presidente lo era todo. El Poder Legislativo y el Poder Judicial se fortalecen y asumen nuevos papeles. En su visión, el país requiere de una Presidencia sujeta al límite y contrapeso de los poderes que constituyen el Estado.
El otro elemento es acelerar el proceso de transformación de la economía, para que el país se inscriba de manera ventajosa en las nuevas posibilidades que ofrece el siglo XXI. Implica, entre otras cosas, impulsar el desarrollo de la economía del conocimiento. Dar mayor velocidad al proceso de transición al uso de las energías limpias. Y también apostar por el desarrollo de la ciencia, la tecnología y una educación de calidad. Se resume en que el gobierno junto con el sector privado y social impulsan, cada quien en el espacio que le corresponde, el desarrollo de la economía.
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